viernes, febrero 10

Mala ortografía


Entré jadeando al vagón del metro. Bajo la presión del humo en mis pulmones y el sonido del transporte colectivo, el cual anuncia su partida y próximo cierre de puertas, advirtiendo a más de uno el golpe inevitable. Llego hasta un lugar libre y me adueño momentáneamente.
    A escasos dos metros un sujeto escribía ansiosamente renglón tras renglón a lo que parecía, la misma frase una y otra vez. Al tiempo en que la singularidad de la acción me llama la atención, me doy cuenta de que son varias las personas que ya lo han notado y, como yo, se preguntan qué es lo que aquel tipo de barbas ralas anota tan precipitadamente. 
    Terminaba el sonido secuencial de aquel metro elevado y al fin se cerraban las puertas, dando un entorno de alivio a los usuarios.
    Pude observar la peculiar gesticulación de cada persona que notaba el acto de nuestro ansioso amigo, cada uno con su propia y distinguida forma de expresar curiosidad ante aquella situación. Desde cejas bien arqueadas, suspiros burlones, narices ensanchadas y dientes prominentes hasta miradas de desprecio y movimientos con la cabeza llenos de negación. Todos y cada uno de ellos en un ambiente de hostilidad que ya apesta y que llega hasta el lugar más alejado de la escena. 
     Mientras me doy cuenta de que el libro que comencé a leer una noche antes se quedó en mi viejo buró de lámpara, me enfrasco en la tarea de tratar de descubrir —como los demás usuarios— lo que el hombre aquel escribe sin cesar. 
     De repente, otro hombre que se encontraba de pie a dos asientos de nuestro personaje comenzaba a parecer alterado, como si la ejecución de que el otro individuo escriba una y otra vez lo mismo demasiadas veces lo exasperara dramáticamente, a tal punto de molestarlo y orillarlo a mover los dedos de forma armónica y notoria. El segundo hombre parecía incrementar su malestar con el simple hecho de escuchar el sonido del bolígrafo haciendo rodar su bala en el papel. Comenzaba a balancearse, empezaba a querer escapar de aquella trampa mortal que el ansioso primer hombre ponía una y otra vez. Y la gente lo notaba.
    El vagón llegaba a la segunda estación en el justo momento en que el segundo hombre observaba su reloj, marcando —si estuviese igual al mío— las 07:23 minutos en una no muy típica mañana de viernes. Nuestro segundo hombre dejaba de ver su reloj y casi al instante volvía a acudir a el,  en una clara necesidad y, porque no, piadosa petición de rapidez. Pero el tiempo jugaba y el primer hombre seguía, llenando ya la tercera hoja de su agenda personal. 
    El sonido aturdidor volvía a callar para dar por comienzo al recorrido hacia la tercera estación. Acto seguido, una que otra persona se levantaba de su lugar, encaminándose hasta la puerta más cercana para anteponerse y ser los primeros en salir.
    En cuanto el primer sujeto seguía su tarea, otro hombre un tanto regordete choca con el desesperado tipo en un casual accidente de transporte público, acompañado de un perdón a reacción, pero sucede algo que el gordo no intuye: El segundo hombre se proyecta bruscamente hacia él, impactándolo con el puño izquierdo sobre su carnosa y rosada mejilla derecha. El regordete se encontraba ya tirado ante la multitud que dirigía las miradas hacia el suelo y al segundo hombre que se aproximaba de nuevo ya con el puño fuertemente apretado.
    Cuando el gordo asimilaba que recibiría una golpiza, el furioso hombre sentenció fuertemente:

    —¡Dile, sólo dile que no puede hacerlo! —gritó ante el asombro de la gente—. ¡No puede hacerlo de esa manera!
    —No sé de qué me hablas —respondió el gordo.
   —Claro que lo sabes, todos lo sabemos y él también lo sabe muy bien —dijo señalando hasta donde se encontraba el primer hombre—. ¡No puede escribir de esa manera, no puede!
    —¡¿Cómo, cómo?! —prosiguió el gordo mientras rompía en llanto.
    —¡No se puede, no se debe! —dijo el segundo hombre.
    — ¿Cómo entonces? —preguntó el regordete con compasión sin saber nada de lo que el enfadado hombre le preguntaba.
    —Se escribe "Eso que ni que, güey", "¡Eso que ni que!" no "Eso k ni k".

    Y de pronto, se escuchó el sonido del transporte y las puertas se abrieron, a lo cual el furioso segundo hombre reaccionó en una huir del eterno desespero de la mala ortografía. 

sábado, diciembre 24

i can see your future


Te conocí bailando, con un vestido verde que nunca antes vi. Te veías tan relajada, tan tranquila, tan segura mientras dabas algunas vueltas hasta llegar a la orilla de la pista. Con movimientos suaves, fuiste poco apoco llamando mi atención hasta que casi me perdí. No sabía tu nombre, pero sabía que quería mi vida junto a la tuya.
Te invite un cigarrillo a lo que respondiste:”nunca he fumado y nunca lo volvería a hacer” después dijiste algo como:”la economía de mi corazón está en bancarrota, pero amo tanto estos días como para no pasarlos juntos”

lunes, agosto 22

Lo amargo

La alarma del celular sonó con la tonada de siempre, con ese sonido que caracterizaba el fin de los sueños que solamente ocurrían en agosto, y de los cuales, Susy dependía de una manera casi existencial. Como siempre era costumbre al reaccionar a la alarma, Susy dejaba que el sonido siguiera sonando, como una especie de asegurar no quedarse nuevamente dormida, simplemente un refuerzo del que sabía, jamás tendría que depender, pero sencillamente lo había agregado a esa rutina.

El reloj marcaba una hora errónea que relampagueaba, anunciando un corte nocturno de electricidad: una completa anormalidad, pensó sarcásticamente Susy, para hacerse sentir un poco más despierta. Abría y cerraba los ojos con rapidez, con un silencio de fondo en el que el chocar de los parpados parecía un aplaudir en su recámara, un eco de felicidad, todo esto en cuanto a que bajo las sabanas, se acomodaba el calcetín que siempre huía de su pie derecho. Lentamente y sin apuros, sacó la mano izquierda de las sabanas para dar paso a su delgado brazo, que se alargaba hasta el celular, que seguía timbrando y acariciando con las ondas sonoras el lánguido y pálido brazo de Susy en la oscuridad, un movimiento sumamente delicado para quien encontrara la escena en una película muda de los años veinte. Apagando la alarma y buscando a tientas el pequeño botón de la lampara (que siempre lograba escabullirse en éstas ocasiones), Susy llegaba a encenderla siempre alargando su cuerpo de la misma manera, con unos cuantos crujidos de huesos tras el acto y añadiéndole al silencio habitacional algo de ritmo, para entonces cerrar los ojos y sentir la iluminación artificial de 60 watts, en un mar rojizo que traspasaba el parpado y así, dar por terminada tranquilidad de la oscuridad.

Ahí estaba una vez más, a la orilla de la cama con unos cabellos que parecían tiesos, grasosos, con un peinado que sólo se logra con el poder de una almohada. Esperaba o se tardaba, la visualización de la recamara parecía tomarla muy en serio, enfocando la mirada en cada cosa que había dejado en otra cosa, en los rincones en los que recargaba objetos que parecían ser los pilares de la ordenada habitación, tan típica de una chica obsesiva-compulsiva. El reloj con hora errónea seguía parpadeando, con dos minutos de diferencia. Eran los dos minutos de diferencia como el día de ayer y el pasado, y así hasta llegar a los días en que Susy se obsesionó con la limpieza de sus estéticos dientes, después de recibir un beso con sabor a tabaco propinado por su hermano en una borrachera sabatina. Y en cada madrugada, se cepillaba dos veces con diferencia de tres horas, para poder erradicar ese sabor tan amargo que deja la vida.

domingo, agosto 14

Hola

Hola me llamo Jorge. Probablemente eso ya lo sabías, no por el hecho de que soy muy popular en este tiempo. La vida moderna suele agobiarme.  Tengo un empleo el cual odio, una novia a la cual no le importo y un gato. El gato me agrada.Un tiempo de mi vida lo pase pensando, algún otro sintiendo y justo ahora quiero pasarlo dormido. No es que pretenda convencerlos de que dormir es una de las maravillosas formas de vivir. Pero lo es.
No es que sea un fanático del sueño, pero a veces lo que me pasa me sorprende. Mi  trabajo se las ingenia para mantenerme aburrido toda la semana. Trabajo en una fábrica de cajas, ya saben clasificar al final de la banda de producción, los distintos tipos de cajas.El modelo t99 es más largo, el t40 es más ancho, el c15 es el más resistente. Algunas cajas a veces se atoran peor enseguida las separan y todo vuelve a la normalidad.
Mi compañero de trabajo Raúl, se suicido apenas ayer. Nunca lo conocí.Quiero decir que nos saludábamos en las mañanas y trabajábamos en la misma sección de la fábrica, pero aparte de eso no sabía mucho de él, no hablaba con nadie. Aún así no era precisamente peculiar, más bien pasaba desapercibido, como buen prospecto a suicida.
 Lo encontraron colgado en la cocina de su departamento.  Cuando nos dieron la noticia, la mayoría del personal estaba ocupado con las cajas entonces a nadie le pareció tan terrible, así de irrelevante era.  Al final de la jornada regresé a mi casa, mi novia no estaba y me quedé dormido en el sillón.Me despertó el gato. Eran las tres de la madrugada y era sábado. Acaricié al gato. Subí al cuarto y la cama estaba intacta, mi novia no había llegado pero no me pareció muy extraño, a veces desaparecía durante días pero yo jamás le preguntaba a dónde iba, en realidad me interesaban más el gato y las cajas. Bajé a la cocina y ahí estaba ella y ahí estaba el gato y ella se había colgado del techo falso y estaba tiesa y tenía cara de tristeza.
Debo de admitir que no sentí nada al verla ahí, yaciendo lánguida e inmóvil en el centro de la cocina. Lo primero que hice fue ponerle algo de leche al gato, sus ojos (a pesar de que no le quitaban la vista al cuerpo) clamaban por un buen trago de leche. Pero, que seguía después ¿qué se supone que debería de hacer, llamar a sus padres a Bélgica? El pensamiento me duro menos de cinco segundos así que llevé su cuerpo hasta el ropero -que tanto me había costado pagar- y lo cerré con llave. Al principio quise destender la cama, ponerme la piyama e irme a dormir, pero el gato se había echado al pie del ropero y no se movió. Me incomodaba y decidí salir a caminar y pensar en otras cosas, como en las cajas y ese modelo c27 que llegaría el lunes. Entonces tuve la idea, recordé como el tipo aquel, Raúl,  quien se había suicidado, en un encuentro en el comedor de la fábrica me había dicho que llegaría un nuevo modelo, un modelo grande y espacioso <<Hasta podría caber una persona>> había dicho el ya fallecido y fue entonces cuando me fui a casa simplemente a esperar que el lunes llegara. 
El lunes que llegué al trabajo vi como se concentraban los empleados alrededor de la caja c27 de muestra y no pude evitar adentrarme a través de la multitud. Era enorme, el modelo t99 caería de rodillas ante este nuevo ejemplar, tan largo y tentador, era justamente lo que necesitaba para ocuparme del cadáver de Jazmín y su pestilente hedor, que comenzaba a penetrarse hasta en el infinito olor de los libros. Al final de la jornada hablé con Melendez, mi supervisor y me facilitó de buena forma un ejemplar. No creí que fuese así de accesible pero me soluciono el percance, aunque el verdadero problema fue el traslado en mi coche, el cual se abolló más de una vez. Si supieras las cosas que hice y sigo haciendo por ti, Jazmín, otra al menos me hubiese amado.
Al llegar a casa con la enorme caja lo primero que encontré fue que el gato no estaba detrás de las puerta como de costumbre,  sino al lado de la mesita de teléfono. Me encontré con siete mensajes de voz, todos  preguntando por Jazmín y su ausencia en su primer día en la oficina. El último mensaje era de Rebeca, su mejor amiga, la que me odia, y dejaba dicho que se dirigía hacia mi casa. Fue entonces cuando me apresuré a meter el cadáver que tantos problemas me había traído. Yo sólo quería dormir y ahí me encontraba, martillando una enorme caja en la cual se encontraba la chica a quien nunca le importé. Y terminé, justo cuando escuché el coche de Rebeca. Tomé el gato y me dirigí hacia mi recámara a dormir, que era lo único que quería hacer durante todo ese tiempo.

domingo, julio 17

Los idos



Odio cómo tengo que conformarme con todo.

Despierto a las seis treinta pero no me levanto hasta las siete. Me baño en siete minutos pero antes preparo el café, que me queda horrible, entonces me sirvo un cereal en una taza porque todos los platos están sucios y nadie los ha lavado desde hace tres días. La francesa se enoja mucho por eso (es un poco estricta con la limpieza) pero no es amable y por lo tanto nadie atiende sus peticiones ("Recojan las colillas" "Para eso está el cenicero" "Pongan las latas en el bote" "Guarden su grrrropa interior"). De hecho estoy seguro que el holandés hace todo lo posible por molestarla y por eso se demora en el teléfono pretendiendo que no entiende español. Desayuno en tres minutos. Vivimos en el tercer piso de un edificio viejo así que no hay elevador y tardo en bajar las escaleras. A veces está lloviendo y no me doy cuenta y debo regresar por un paraguas (soy distraído). Por lo general pierdo el paraguas en el autobús. 

Me gusta el momento en que salgo a la calle, sobre todo cuando está nublado. Porque es una orgía de nubes sobre mi cabeza y ahí yo puedo imaginarme la forma que yo quiera, total nadie notara si miento o no.

Camino seis calles al sur, hasta llegar al parque, que es donde me paso la vida. Mi trabajo o fuente de ingresos como prefiero decirle es mi poco talento que tengo para adivinar el futuro. Me paso la tarde poniendo por escrito cosas poco probables a los transeúntes, cosas como: “usted morirá curado del sida”, “una ballena lo aplastara una noche de lluvia de estrellas”, "sus zapatos huirán de usted mientras duerme”

A veces entre descansos, me pongo a escribirle algunas líneas a Ana. Porque déjenme decirles que Ana, es la única que se interesa por lo que hago. Así fue desde el principio, cuando mis padres me dijeron que estaba loco si pensaba que vivirá de esto; aun mis tíos y amigos se rieron de mí. Pero no Ana, ella siempre me apoyo en todo lo que le dije. No sé si fue porque realmente creyera en mí o si sencillamente porque me amaba.

Tomo el papel y el lápiz, me apoyo en una banca y escribo. "Querida Ana: No respondes mis cartas. Lo digo más como reclamo y no tanto como una declaración porque supongo que eso ya lo sabes." Y luego le escribo que la quiero y luego firmo con mi nombre y luego guardo la carta aunque no sé si la enviaré después. Es julio y hace mucho frío. Por lo general, en el parque hay niños jugando y ancianos que se sientan durante horas, pero hoy está muy solo. Pienso en irme a casa de una buena vez porque no creo que nadie requiera de mis servicios el día de hoy.

Sólo puedo adivinar cosas malas, razón por la cuál no me va muy bien ganando dinero, clientes o amigos con mis presagios. En una ocasión le dije a una joven que moriría al tener su primer hijo y le aconsejé que evitara embarazos pero me tiró en la cara su refresco. Por alguna razón no puedo mentir al respecto. Puedo mentir en todo; en mi declaración de impuestos, puedo asegurarle a la francesa que la renta estará mañana, puedo hacerle creer a una chica que soy sincero cuando le digo que la amo, pero no puedo decirle a un completo extraño "No se preocupe, su vida será plena y feliz". 

Alguna vez Ana me pidió que adivinara su futuro. Pero ciertamente no pude. No pude decirle ni una palabra, su futuro estaba lejos del mío. Así que no quise poner melancólica la situación. No le dije tampoco, que su madre enfermaría de cáncer ni que su única opción de tratamiento seria en algún hospital de Estados unidos. Ni que conocería a un americano agradable, del cual ella se enamoraría, pero él no le correspondería. Ni hablar de mí, que la extrañaría cada día más. Lo más sensato en ese momento fue decirle que moriría a causa de un accidente aéreo. Lo cual creo que le desarrollo ese miedo irracional a volar. En cierta manera podría ser el culpable de la muerte de su madre, al no recibir el tratamiento que necesitaba. El culpable de que ella se negara a viajar, en busca de esa cura.

En las noches cuando llego  al departamento y veo todo tirado, me gustaría presagiarles que el presidente nos visitara, para ver si de algún modo alguien se preocupa y recoge al menos un poco. Ya no se que va pasar. Ni a donde va a parar todo esto. La francesa últimamente anda muy alegre por la casa, y no sabemos porque. El holandés se creó una historia respecto a ella liada con algún inquilino del departamento contiguo, pero eso no lo sabemos con certeza.

Los sábados son los días en los que suelo descansar de hacer predicciones. Ese día me voy al mercado que está cerca del edificio. A veces suelo ver que compran las personas. Otras tantas solo veo baratijas. Una de tantas veces me encontré más que cachivaches. Era la misma Ana la que estaba entre toda la multitud. Reconocería su cabello donde fuera. Su falda verde olivo. Su blusa roja. Y en especifico como sabia llevarlos con delicadeza.