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jueves, junio 21

Gauss-Jordan errado

    Habito en el espacio que desprecias. Sonrío entre silencios vespertinos. Sucumbo bajo el ala del itinerante planeador. Eso soy, en el más acertado de tus pensamientos, alejado de todos sus sentimientos y engendrado de un firme sudor. Mi voz no se encuentra en las radiofrecuencias, mucho menos en los gritos vecinos, hablo quedo y sigilosamente aniquilador.
    ¿Cómo bailar mientras uno se queda cojo? ¿Qué soñar cuando el ojo no ha visto el foco? ¿A quién coger cuando hay que cagar?
    Actualmente me muevo entre la gente, sangre menstrual entre los dientes y bellos pétalos en el morral. Decoro mi vista, te beso la frente y me adentro al vaivén visceral.     
    Habito en el espacio que alimentas: sonrío desnudo entre caminos: perezo cual amante ruiseñor.
    Reniego entre cada variante de mi mente. Profecías que van más allá del dolor y el anarquismo social. Soy el jilguero de la mañana, el luchador de la cantina mala muerte, el hijo que no tiene sabor. Poseo la más superficial de tus mamadas, la máscara de todas tus mañas y el viejo calzón que aniquiló.
    ¿Cómo escuchar entre el ruido de tu hocico? ¿Qué perversidad recordar cada domingo? ¿Qué caricia te gusta a ti más?
    Soy caucasoide por naturaleza, un bostezo frente a la mesa y vivo en tu jaula levantando el dedo pulgar.

viernes, febrero 10

Mala ortografía


Entré jadeando al vagón del metro. Bajo la presión del humo en mis pulmones y el sonido del transporte colectivo, el cual anuncia su partida y próximo cierre de puertas, advirtiendo a más de uno el golpe inevitable. Llego hasta un lugar libre y me adueño momentáneamente.
    A escasos dos metros un sujeto escribía ansiosamente renglón tras renglón a lo que parecía, la misma frase una y otra vez. Al tiempo en que la singularidad de la acción me llama la atención, me doy cuenta de que son varias las personas que ya lo han notado y, como yo, se preguntan qué es lo que aquel tipo de barbas ralas anota tan precipitadamente. 
    Terminaba el sonido secuencial de aquel metro elevado y al fin se cerraban las puertas, dando un entorno de alivio a los usuarios.
    Pude observar la peculiar gesticulación de cada persona que notaba el acto de nuestro ansioso amigo, cada uno con su propia y distinguida forma de expresar curiosidad ante aquella situación. Desde cejas bien arqueadas, suspiros burlones, narices ensanchadas y dientes prominentes hasta miradas de desprecio y movimientos con la cabeza llenos de negación. Todos y cada uno de ellos en un ambiente de hostilidad que ya apesta y que llega hasta el lugar más alejado de la escena. 
     Mientras me doy cuenta de que el libro que comencé a leer una noche antes se quedó en mi viejo buró de lámpara, me enfrasco en la tarea de tratar de descubrir —como los demás usuarios— lo que el hombre aquel escribe sin cesar. 
     De repente, otro hombre que se encontraba de pie a dos asientos de nuestro personaje comenzaba a parecer alterado, como si la ejecución de que el otro individuo escriba una y otra vez lo mismo demasiadas veces lo exasperara dramáticamente, a tal punto de molestarlo y orillarlo a mover los dedos de forma armónica y notoria. El segundo hombre parecía incrementar su malestar con el simple hecho de escuchar el sonido del bolígrafo haciendo rodar su bala en el papel. Comenzaba a balancearse, empezaba a querer escapar de aquella trampa mortal que el ansioso primer hombre ponía una y otra vez. Y la gente lo notaba.
    El vagón llegaba a la segunda estación en el justo momento en que el segundo hombre observaba su reloj, marcando —si estuviese igual al mío— las 07:23 minutos en una no muy típica mañana de viernes. Nuestro segundo hombre dejaba de ver su reloj y casi al instante volvía a acudir a el,  en una clara necesidad y, porque no, piadosa petición de rapidez. Pero el tiempo jugaba y el primer hombre seguía, llenando ya la tercera hoja de su agenda personal. 
    El sonido aturdidor volvía a callar para dar por comienzo al recorrido hacia la tercera estación. Acto seguido, una que otra persona se levantaba de su lugar, encaminándose hasta la puerta más cercana para anteponerse y ser los primeros en salir.
    En cuanto el primer sujeto seguía su tarea, otro hombre un tanto regordete choca con el desesperado tipo en un casual accidente de transporte público, acompañado de un perdón a reacción, pero sucede algo que el gordo no intuye: El segundo hombre se proyecta bruscamente hacia él, impactándolo con el puño izquierdo sobre su carnosa y rosada mejilla derecha. El regordete se encontraba ya tirado ante la multitud que dirigía las miradas hacia el suelo y al segundo hombre que se aproximaba de nuevo ya con el puño fuertemente apretado.
    Cuando el gordo asimilaba que recibiría una golpiza, el furioso hombre sentenció fuertemente:

    —¡Dile, sólo dile que no puede hacerlo! —gritó ante el asombro de la gente—. ¡No puede hacerlo de esa manera!
    —No sé de qué me hablas —respondió el gordo.
   —Claro que lo sabes, todos lo sabemos y él también lo sabe muy bien —dijo señalando hasta donde se encontraba el primer hombre—. ¡No puede escribir de esa manera, no puede!
    —¡¿Cómo, cómo?! —prosiguió el gordo mientras rompía en llanto.
    —¡No se puede, no se debe! —dijo el segundo hombre.
    — ¿Cómo entonces? —preguntó el regordete con compasión sin saber nada de lo que el enfadado hombre le preguntaba.
    —Se escribe "Eso que ni que, güey", "¡Eso que ni que!" no "Eso k ni k".

    Y de pronto, se escuchó el sonido del transporte y las puertas se abrieron, a lo cual el furioso segundo hombre reaccionó en una huir del eterno desespero de la mala ortografía.